lunes, mayo 29, 2006

borges y yo... divagando


Me gusta leer a Borges. Hace unos días escuché un disco compacto con su voz, y un bello texto titulado “Borges y yo”. Lo conocía, pero oírlo fue distinto. Como es mi costumbre me quedé con una frase, con un pequeño trozo de su prosa, que en mi ‘humilde opinión’ es la más bella del texto. Puede que no sea la más inteligente o la más lograda, ni la más sensata, pero a mi me resultó hermosa.

"Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson"

A mi me ocurre algo parecido, también me gustan los relojes de arena, casi tanto como no me gustan los otros, esos digitales, con números romanos y palos que indican de manera insoportable como transcurre la vida. Me gustan los relojes de arena porque en ellos el tiempo sucede con otro ritmo, acontece de otro modo, los cinco minutos de un reloj de arena son mágicos.

De igual forma me gustan los mapas. Siempre me han gustado. Cuando pequeña, mientras los miraba, trazaba viajes en mi cabeza, dejaba caer mi dedo índice sobre algún territorio y comenzaba a andar. Luego iba a algún libro a curiosear más de ese lugar. Cuando más grande los mapas me han sido de gran ayuda para conocer la geografía de ‘las cosas y de las gentes’. Aprendí que los grandes amores construyen sus propios mapas.


De la tipografía del siglo XVII me excuso, no puedo decir mucho. Sin embargo, más de algo puedo decir de la paleografía del XVII, aunque ello no haya sido gusto de Borges. Horas de horas de lectura de archivos epistolares, judiciales, y notariales en el cuerpo. Conocer la escritura del XVII me deleito mucho, aprender a leer esos textos, descifrándolos, develando el espíritu de la letra, dándole vida a unas cuantas historias olvidadas.

Por su parte, la etimología me emociona. Debe ser por esa veta curiosa que llevo dentro, algo del gusto por la historia en las venas, no lo sé. Eso de andar buscando el origen de las palabras -significado y forma-, me parece genial. Un ejemplo muy bonito es el origen de la palabra café que viene del árabe ‘qahwah’ que significa estimulante. La palabra se dio un paseo por el imperio turco convirtiéndose en ‘kahveh’, para llegar a Italia donde terminó llamándose ‘caffé’. Cómo me gusta la palabra, su sonido y por cierto el aroma a café.

De Stevenson he leído un par de obras, la gran mayoría alusivas a sus maravillosos viajes. “La Isla del Tesoro”, un clásico de literatura juvenil; “El extraño caso del Doctor Jeckyll y Mr. Hyde” que, según dicen los entendidos, es una de sus obras más célebres, es una novela más bien corta, medio emparentada con el cuento, donde el bien y el mal parecen poder reunirse en un mismo personaje.

Los dejo entonces, mientras contemplo el reloj de arena que compre, con el mapa abierto de par en par, evocando mis lecturas de castellano antiguo, indagando el origen de las palabras perdidas y con, al menos, un par de lecturas pendientes de Stevenson, “El diablo en la botella” y una bella selección de poemas. Y todo, debo reconocerlo, gracias a Borges.

lunes, mayo 08, 2006

amable

Hace un rato hablé de las palabras que me parecían hermosas, por su sonido, acaso por la manera como estaban dispuestas las vocales y las consonantes, tal vez por su significado evocador. La palabra amable me gusta, me seduce, trae recuerdos, me viene bien escucharla, también pronunciarla, me agrada verla en los gestos de las gentes. Amable habla de gestos amorosos, delicados, de aquello que reconforta el alma.
Últimamente he andado pensando mucho en la palabra amable, buscándola en calles, capillas y jardines laberínticos, sentía que la había extraviado en algún abrazo no dado, hasta que la encontré.
Estaba escondida en una bella historia.


La enfermera de la casa de reposo atendió al llamado de la puerta. Era Ana que venía como siempre, cada último sábado del mes, a visitar a doña Lina, la abuela más abandona y silenciosa de aquel lugar.
Ana traía en sus manos una cajita de chocolates, dos pasteles para acompañar el té y un pequeño ramito de violetas. Camino pausado hasta el patio de la casa sintiendo como sus pasos la acercaban a un mágico. La tibieza del otoño que recién llegaba se sentía en el aire.
La abuela estaba sentada en la misma silla de ruedas desde hacía varios años, cerca de un bello naranjo y arropada con una rústica manta tejida de colores. Su mirada perdida en el horizonte daba cuenta de una vida intensa, dolorosa, llena de amor. No hablaba con nadie, apenas unos gestos afloraban de su rostro lleno de surcos. Pero cuando Ana aparecía sus ojos de vieja hermosa se iluminaban de palabras.
El jardín estaba todo verde. Ana le dio un beso en la mejilla y se sentó a su lado acariciando su mano. Le traía noticias de sus hijos, Antonio y Javier que vivían demasiado lejos para venir a verla, también fotografías de sus nietos y el periódico que doña Lina tocaba con ternura de lectora implacable.
Ana acostumbraba lavar su pelo cada visita, peinar ese cabello y volver a armar el moño de la manera que a doña Lina le gustaba. Culminaba aquel bello gesto con un beso en la frente alabando lo preciosa que se veía. Lina le respondía con una pequeña y amable sonrisa.
Esa tarde tomó el mismo libro que había leído la vez anterior, Viaje al centro de la tierra, busco la página donde había quedado y leyó “En las horas de descanso, salíamos los dos de paseo por las frondosas alamedas del Alster, y nos íbamos al antiguo molino alquitranado que tan buen efecto produce en la extremidad del lago. Caminábamos cogidos de la mano, refiriéndole yo historie­tas que provocaban su risa, y llegábamos de este modo hasta las orillas del Elba; y, después de despedirnos de los cisnes que nadaban entre los grandes nenúfares blancos, volvíamos en un vaporcito al desembarcadero.” Ana hizo un alto en la lectura solo para deleitarse con la felicidad de doña Lina al oírla y luego simplemente continúo.
Esa era la manera que Marta había encontrado para que Lina despertara de su silencio. Luego de un rato de lectura la animaba a recordar las poesías que ella declamaba cuando joven, la alentaba insistentemente. Entonces Lina comenzaba de a poco a pronunciar, demoraba, como buscando fuerzas desde algún lugar recóndito en su alma hasta que ésta aparecía y con ella los versos. Cuanta poesía le escuchó cantar en aquellas tardes, cuanta maravilla almacenada en el corazón de aquella mujer olvidada por el tiempo.
Aquel era el mejor regalo para Ana, que ella recordara y declamara versos llenos de amor, de pasión y de vida. Versos llenos de colores, de historia contenida.
Ese día fue el último en que ella pudo leerle, también fue el último en que pudo escucharle. Lina partió de viaje al día siguiente, llevándose con ella el pequeño ramito de violetas.
Ana se grabó en la piel los últimos versos que salieron de sus labios.

Florida en sílabas de júbilo se prolonga tu nombre,
como una estrella silbando en los caminos.
Alegría de los andenes, gracia de las campanas,
sonrisas de niño, toda la leyenda que deshojó el tiempo.
Ahora quisiera sentirte contar esas hojas muertas de este árbol,
subrayando el tiempo
Ahora que te busco,
son tus rastros perdidos en la arena.
Así, como duermen las ventanas de esta casa,
caen las sombras sobre la alhaja de tu nombre
y dentro de esta tristeza de pinos
hay un despertar de sediento, oscuro subterráneo.
Esquivas, distanciadas reviven todas las palabras
en una sostenida integridad arrimada a mí.
Y en esta amnistía del recuerdo
hay una puerilidad infantil que muerde mi tristeza.
En este juego del silencio asoma tu perfil
gratificando mi cansancio del sabor
que se enreda en los trópicos.
Lámpara en la alta noche.
Novia de amores licenciados,
—carrera de peces—
Viajera, liviana como un magazine,
estás luciendo hoy tus páginas de colores,
como cuando me entregabas todo el lustre de tus ojos

Lámpara en tu rostro, Oreste Plath, publicado en Revista Gong, marzo 1931.