
Me gusta leer a Borges. Hace unos días escuché un disco compacto con su voz, y un bello texto titulado “Borges y yo”. Lo conocía, pero oírlo fue distinto. Como es mi costumbre me quedé con una frase, con un pequeño trozo de su prosa, que en mi ‘humilde opinión’ es la más bella del texto. Puede que no sea la más inteligente o la más lograda, ni la más sensata, pero a mi me resultó hermosa.
"Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson"
A mi me ocurre algo parecido, también me gustan los relojes de arena, casi tanto como no me gustan los otros, esos digitales, con números romanos y palos que indican de manera insoportable como transcurre la vida. Me gustan los relojes de arena porque en ellos el tiempo sucede con otro ritmo, acontece de otro modo, los cinco minutos de un reloj de arena son mágicos.
De igual forma me gustan los mapas. Siempre me han gustado. Cuando pequeña, mientras los miraba, trazaba viajes en mi cabeza, dejaba caer mi dedo índice sobre algún territorio y comenzaba a andar. Luego iba a algún libro a curiosear más de ese lugar. Cuando más grande los mapas me han sido de gran ayuda para conocer la geografía de ‘las cosas y de las gentes’. Aprendí que los grandes amores construyen sus propios mapas.
De la tipografía del siglo XVII me excuso, no puedo decir mucho. Sin embargo, más de algo puedo decir de la paleografía del XVII, aunque ello no haya sido gusto de Borges. Horas de horas de lectura de archivos epistolares, judiciales, y notariales en el cuerpo. Conocer la escritura del XVII me deleito mucho, aprender a leer esos textos, descifrándolos, develando el espíritu de la letra, dándole vida a unas cuantas historias olvidadas.
Por su parte, la etimología me emociona. Debe ser por esa veta curiosa que llevo dentro, algo del gusto por la historia en las venas, no lo sé. Eso de andar buscando el origen de las palabras -significado y forma-, me parece genial. Un ejemplo muy bonito es el origen de la palabra café que viene del árabe ‘qahwah’ que significa estimulante. La palabra se dio un paseo por el imperio turco convirtiéndose en ‘kahveh’, para llegar a Italia donde terminó llamándose ‘caffé’. Cómo me gusta la palabra, su sonido y por cierto el aroma a café.
De Stevenson he leído un par de obras, la gran mayoría alusivas a sus maravillosos viajes. “La Isla del Tesoro”, un clásico de literatura juvenil; “El extraño caso del Doctor Jeckyll y Mr. Hyde” que, según dicen los entendidos, es una de sus obras más célebres, es una novela más bien corta, medio emparentada con el cuento, donde el bien y el mal parecen poder reunirse en un mismo personaje.
Los dejo entonces, mientras contemplo el reloj de arena que compre, con el mapa abierto de par en par, evocando mis lecturas de castellano antiguo, indagando el origen de las palabras perdidas y con, al menos, un par de lecturas pendientes de Stevenson, “El diablo en la botella” y una bella selección de poemas. Y todo, debo reconocerlo, gracias a Borges.