La primera parejita -Rafael y Sofía- hizo una casita de paja. Ellos solo estaban preocupados de pasarla bien, no querían dedicarse a trabajar. No querían pensar ni dedicar tiempo a la casa, era más importante charlar, bailar, leer historietas y escuchar musiquita. Veían llegar el amanecer aún jugando como niños sin preocuparse que de llegar el invierno tendrían frío. Para qué preocuparse del frío si se tenían el uno al otro para darse calorcito. Como los amorosos, andaban como locos y felices.
La pareja de la Andrea y Carlitos construyó una casita de madera. No tenían tanto tiempo de pasarla bien, de “estar”, como Rafael y Sonia. Había que comprar madera y clavitos, tomar muchas decisiones, el techo, la puerta, el supermercado. Al final de día estaban algo cansados y el tiempo de jugar era poco, aún así parecían felices, no tanto como Rafael y Sonia, pero felices.
La tercera parejita de enamorados, Jaime y Sarita, trabajaba en su proyecto de vida, una casa grande y sólida que pudiera albergar a muchos hijitos. El jardín y el perro también tendrían su lugar. Había que comprar una nueva TV y renovar la aspiradora. Ya pronto podrían pensar en la ampliación de la terraza de aquella casita. Para poder jugar cuando estuvieran viejitos.
- Ya veréis lo que hace el lobo/a con vuestras casas – se escucho decir a Jaime y Sarita a sus amiguitos, mientras ellos se lo pasaban en grande.
El lobo/a salió detrás de la primera parejita y corrieron hasta su casita de paja. Pero el lobo/a sopló y sopló con el viento del desamor y la casita de paja derrumbó. Con ella se fue solo el “buen pasar”, “el estar”, dejando el recuerdo de un amor que simplemente no fue nada, sin huellas, sin recuerdos. Solo una pequeña cicatriz escrita con sal en sus pieles de niños juguetones.
El lobo/a persiguió también a la segunda parejita por el bosque, que corrió a refugiarse en casa. Pero el lobo/a sopló y sopló y la fuerza del desamor también derribó la casita de madera. Que tristeza había en las caritas de Andrea y Carlitos. Todo su lindo cariñito tirado al suelo y una pequeña cicatriz escrita con sal en sus pieles de niños solo “un poco juguetones”.
Jaime y Sarita esperaban confiados la llegada del soplo del lobo/a. Habían leído el cuento de los tres chanchitos y se sentían seguros. Aún así cerraron bien las puertas y ventanas. El lobo/a se puso a dar vueltas a la casa, buscando algún sitio por el que entrar. Con una escalera larguísima trepó hasta el tejado, para colarse por la chimenea. Pero Jaime supo poner al fuego una olla con agua. Sin embargo, el lobo se dio cuenta y siguió buscando por donde soplar. Luego pensó en el poder de su soplido y simplemente se paró frente a la casita sólida y sopló y sopló y el viento del desamor pudo más. Allí quedó toda la historia de Jaime y Sarita, tirada al suelo, esparcida por el viento del desamor. Nunca pudieron reconstruir esa casita, había que buscar una nueva. Tampoco pudieron Rafael y Sofía ni Carlos con Andrea.
Los corazones de estas tres parejitas quedaron muy tristes. Se les escuchó murmurar muy despacio “los amorosos nunca han de encontrar, no encuentran, buscan”, siempre buscan.
El lobo/a se fue de allí, satisfecho de su labor cumplida, a buscar nuevos sueños que derrumbar.
FIN


