
Cortázar vino a saludarme. Yo andaba por ahí. Ensimismada. Con escasez extrema de minutos para sentarme frente a la pantalla y nutrir amorosamente el alma. A “la pequeña”. Mi pequeña. La que aprendió a andar en bicicleta, le había dado por desandar caminos y desaprender cosas. Andaba como desorientada por sus días y le urgían los minutos de su madre, para ver si encontraba en algún lugar las letras extraviadas. Las vocales, las consonantes y las sílabas, esas que de a poco le habían permitido leer “mi mamá me mima”. La otra, “la grande”. Mi grande. Andaba divagando. Buscando sus propios caminos, sedienta de aventuras. Curiosa, preguntando y agobiando mis pocas horas libres. A la grande le ha dado por la música. Vive últimamente entre el teclado, la flauta y la guitarra, notas, bemoles y corcheas… Mientras yo, definitivamente no he podido estar a su altura.
Por ahí andaba yo. Algo avergonzada por la carestía de tiempo para devolver tantas amables visitas. Desesperada de tantos relojes digitales y de los otros llenos de números y palitos. Ávida de relojes de arena que hagan del tiempo “un algo distinto”, más quieto, más lánguido y sereno. Allí estaba yo y llegó Cortázar. Vino a visitarme y que honrada me sentí. Abochornada también, ni siquiera alcance a prepararme para su visita. Él simplemente llegó, invadiendo mimosamente mis horas. Llegó y lo miré detenidamente. Llegó y lo leí, lo releí. Llegó y lo escuché. Si, también lo oí. Lo escuché y esa voz, ese sonido, con una “erre” sonora y arrastrada, me desmoronó, me desarmó. Y allí me quedé y el tiempo no importó y volvió mi pequeño reloj de arena a marcar los ritmos de mis horas. Y los minutos no importaron, las horas, tampoco, solo importó la escucha de esa prosa maravillosa. Y junto con Cortázar se anunciaron las vocales y las sílabas para “la pequeña” y, afloraron nuevos y diminutos viajes musicales para “la grande”. Varios de ustedes, los que me leen pacientemente, me lo habían advertido, y yo porfiada, andaba divagando con Borges. Y me quedé con Cortázar en el corazón, “La continuidad de los parques”,” El aplastamiento de las gotas”, “El río”, la relectura de “Rayuela”, sus maravillosas instrucciones para llorar y cantar, aquellas para dar cuerda al reloj…por ahora me quedo con sus gotas… Aplastamiento de las gotas Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós. |