sábado, julio 22, 2006

por una copa de vino…


Me gusta el vino. Posiblemente sea porque las mejores conversaciones se dan al calor de una copa de buen vino. Por ventura el vino despierta los sentidos, hace que la lengua esté muy atenta, que la nariz se ponga en guardia, que los ojos afinen su mirada para encantarse con esos colores.

Quizá sea porque me gustan las copas de cristal, de esas grandes y hermosas que se llenan solo hasta la mitad. O tal vez simplemente sea porque el vino adormece con ese calorcito que aquieta el alma. Incluso por algunas veces hace que mudemos la piel cuando hacemos sonar las copas. Que sé yo…

Sólo sé que me gusta beber vino por las noches. Sola o acompañada. Que me gusta escoger la cepa y escudriñar sus sabores. Me agrada charlar sobre el vino, me alegra que las copas se llenen cuando hay que celebrar.

Me gusta el vino porque me recuerda a un gran amor que no quiero olvidar. Cuando bebo vino, particularmente cuando lo hago en una bella copa, brindo porque ese amor siempre se quede conmigo.

Gozo al recordar el descorche de algunas botellas acompañada de buena música. Me maravilla beberlo porque sabe al mejor beso. Porque requiere de dedicación, importa la copa y la temperatura que realza su aroma.

Me agrada que el vino me acompañe en la cocina, cuando dejo caer el chorro primero suave y luego de golpe para realzar el sabor de la comida.

Me cautiva el vino porque beberlo es un juego creativo, de conexión íntima con las emociones. Hay días en que el vino me sabe a tierra mojada, otras en que siento su aroma a otoño. Hay veces en que su sabor me trae una melodía antigua. Otras, tal vez como hoy, que solo me recordó una bella conversación.

Entonces, que tal si brindamos…